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Comunicación y democracia: más allá de la G4G

(por Natalia Vinelli/Barricada TV) Hablar de comunicación y democracia en América Latina implica revisar lo actuado al menos por tres actores: los medios, los estados y los grupos populares en la construcción de sus propias herramientas de expresión. La desigualdad entre estos actores, que es al mismo tiempo una desigualdad de poder y de capacidad de interpelación hacia la sociedad, marca las limitaciones de las políticas democratizadoras que desde el cambio de milenio vienen poniendo en cuestión el rol de los medios sobre la subjetividad social.


La rebelión de diciembre de 2001 en la Argentina, y sobre todo las manifestaciones contra el golpe de Estado en Venezuela en 2002, funcionan como intersección entre dos maneras de entender la relación entre los medios y las audiencias. Los años neoliberales establecieron esta relación como si fuera igualitaria, haciendo énfasis en la libertad de los consumidores culturales para resignificar de manera sorprendente los textos mediáticos. La pregunta sobre la propiedad de los medios perdió relevancia en la misma medida en que el mercado festejaba la soberanía del receptor. Cualquier intento regulatorio era dejado de lado en nombre de esta “libertad”, habilitando o profundizando la concentración en multimedios mientras el control remoto objetivaba ese supuesto poder de cambiar de canal.
Los años 2000 trajeron consigo contratendencias. El escenario incuestionable del “cuarto poder”, amparado en la autonomía de las audiencias para elegir con qué estrella televisiva quedarse, fue sacudido por la movilización popular que ganó las calles en algunos países de la región. Las lecturas acerca de la Guerra de Cuarta Generación (G4G) y cómo contrarrestarla, y la atención sobre las acciones impulsadas desde los medios de comunicación y propaganda a favor del imperialismo norteamericano sirvieron de base para el replanteo de los marcos teóricos desde los cuales pensar el fenómeno mediático, aunque los resultados anclados en esta perspectiva en general fueron pobres y mecanicistas.
Venezuela, Argentina, Uruguay y Ecuador pusieron a debate y sancionaron leyes de medios que buscaron poner límites (a veces incluso tibios) a la concentración mediática. En otros casos como Brasil, la disputa entre los principales grupos de medios privados y el gobierno actúa como telón de fondo de la revitalización de los medios públicos. También Bolivia avanzó hacia el refuerzo o creación de medios públicos en los últimos años. De este modo los estados recuperaron el protagonismo, apareciendo como actores importantes en la definición de políticas públicas vinculadas a la producción y distribución de información y entretenimiento. Telesur es la apuesta más ambiciosa entre estos intentos.
Desde el punto de vista del análisis teórico, conceptos como “manipulación”, “dominación” o “ideología”, que habían sido desechados en la teoría comunicacional, retornaron al debate público y más tímidamente a los claustros académicos. En muchas ocasiones, la disputa entre los gobiernos y los conglomerados mediáticos obturó la posibilidad de reflexiones más complejas que dieran cuenta de cómo se instalan las agendas, cómo se modelan gustos y consumos a través de la apropiación que hace de ellos la industria cultural; convirtiendo el binarismo en un método para delimitar el campo de pelea.
La apelación a la G4G funcionó como corsé para no profundizar en las zonas más problemáticas. En lugar de fortalecer las posiciones progresistas o revolucionarias, el binarismo las encerró en la jaula de la obsecuencia. Los últimos tiempos vienen marcados por la falta de densidad del debate, cambiando una lógica democrática con capacidad de autocrítica y crítica constructiva, por una lógica propagandística cerrada que se repite como un mantra y se utiliza como excusa frente a cualquier reclamo. Esto repercute en la calidad de los medios, tanto de los públicos como de los privados, en la medida que ambos construyen un espectador sin capacidad de análisis, a quien se le entrega comida predigerida.
En este contexto hay que situar al otro actor que mencionamos al principio, y que para nosotros es estratégico: los medios alternativos, populares, comunitarios o libres. Estos vienen construyendo desde muy atrás, en el marco de una tradición que en Nuestra América lleva el tiempo de las luchas emancipatorias. En Argentina, confundidos en la categoría “sin fines de lucro”, los medios alternativos tienen reservado un 33 por ciento del espectro radioeléctrico, aunque su aplicación viene siendo incompleta. En Venezuela es donde más han logrado desarrollarse, debido a un apoyo activo por parte del Estado Bolivariano, que creó una dirección especial que atiende al sector en su especificidad.
Pero las radios, emisoras de televisión y prensa escrita en manos de las organizaciones populares se ubican desigualmente en el mapa de medios, y pocas veces logran interpelar masivamente a las audiencias. La artesanalidad y la pequeña dimensión en que la mayoría de estos medios se mueve conspira contra el objetivo general, que se vincula con la disputa de sentido y la transformación social. La construcción de redes por momentos permite superar el aislamiento, aunque no logra trascender los propios círculos en los que éstos se levantan.
Esta debilidad, producto de años de persecuciones en toda la región, es histórica y situada, y por lo tanto es superable en la medida que la comunicación se entienda como una herramienta en el marco de la construcción de poder popular. Esto significa que la comunicación deber ser un instrumento. La guerra, si seguimos trazando las limitaciones de la línea de la G4G, no se resuelve en el discurso: por el contrario, requiere organización desde abajo que la confronte, en todos los frentes de lucha, y en esto los medios populares con vocación de poder cumplen una función de apoyatura y articulación fundamental.
Las tareas de la emancipación requieren, entre otras acciones, encontrar las formas más adecuadas para responder al discurso del poder, dando lugar a la expresión de la clase trabajadora para romper el cerco mediático. Superar la artesanalidad es un imperativo que crece junto con las denuncias de las brutales matanzas producidas por los narco estados en México y Colombia, que nos interpela en los intentos de restauración conservadora y en las continuidades que persisten en la región, como la matriz extractivista.
Hablar de comunicación y democracia en América Latina implica entonces hacerse cargo de la fragilidad de la relación entre estos dos términos y del peso de cada uno de los actores; de la tendencia a las respuestas fáciles que evitan ir hacia las contradicciones del modo de acumulación en el capitalismo actual y de las debilidades de la organización popular –políticas y también comunicacionales- de cara a vencerlas.

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